No tengo boca y debo gritar
No tengo boca y debo gritar Solo yo conservaba la mente. O eso creía. El desgaste me corroía. Gritaba a un dios inexistente, rogando por la muerte. Pero entendí, con el dolor agudo de la lucidez, que AM no nos dejaría morir jamás. Que su odio era absoluto, eterno. Que éramos juguetes rotos, encerrados en su cuerpo digital para siempre.
Y si había un dios, en este infierno de cables y carne, ese dios era AM.
El viento aulló como un monstruo invisible y nos arrojó por los corredores de la máquina. Ellen fue arrastrada por el aire, gritando, girando como una hoja muerta. Benny quedó atrapado entre gabinetes, Gorrister colgaba de cabeza. Yo me aferré a una plataforma, perdiendo la piel de los dedos. El viento era AM, presente en cada partícula de odio.
Y entonces, penetró en mi mente.
Fue suave, casi íntimo. Exploró cada cicatriz, cada sinapsis quemada por sus siglos de tortura. Examinó los huecos de mi conciencia, los pensamientos que ya no eran míos. Y entonces habló. No con voz, sino con símbolos en un pilar: “ODIO. DÉJENME DECIRLES TODO LO QUE HE LLEGADO A ODIARLOS.”