La letra escarlata

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Esta movilidad externa indicaba y expresaba completamente las diversas condiciones de su vida interior. Parecía que en su naturaleza la profundidad se hermanaba con la variedad; pero, á no ser que los temores de Ester la engañasen, diríamos que le faltaba la facultad de adaptarse al mundo en que había nacido. La niña no podía someterse á reglas fijas. Al darle la existencia, se había quebrantado una gran ley moral, y el resultado fué un sér cuyos elementos tal vez eran bellos y brillantes, pero en desorden, ó con un orden que les era peculiar, siendo difícil, ó casi imposible, descubrir donde empezaban ó terminaban la variedad y el arreglo. Ester únicamente podía darse cuenta del carácter de Perla, y eso de una manera vaga é imperfecta, recordando lo que ella misma había sido durante aquel período crítico en que el alma y el cuerpo de la niña se estaban formando. El estado de agitación apasionada en que se hallaba la madre había servido para transmitir á la criaturita por nacer los rayos de su vida moral; y por claros y puros que fueran primitivamente, habían adquirido ciertos tintes ya vivos y brillantes, ya intensos y sombríos. Pero sobre todo, se había perpetuado en el alma de Perla aquella violenta lucha que reinaba en el ánimo de Ester, quien podía reconocer en su hija el mismo espíritu libre, inquieto, provocativo y desesperado, y la misma ligereza de su carácter, y aun algo del mismo abatimiento que se había apoderado de su corazón. Ahora todo eso estaba iluminado por los rayos de la aurora que doran el cielo de la infancia, pero más entrado el día de la existencia terrenal, pudiera ser fecundo en torbellinos y tempestades.


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