La letra escarlata
La letra escarlata Defecto físico no había ninguno en la niña: por su forma perfecta, por su vigor y la natural agilidad en el uso de sus tiernos miembros, era digna de haber nacido en el Edén; de haber sido dejada allí para que jugara con los ángeles, después de la expulsión de nuestros primeros padres. Poseía una gracia ingénita que no siempre acompaña á la belleza perfecta: su traje, á pesar de su sencillez, despertaba en el que la veía la idea de que era precisamente el que más le convenía. Pero la tierna Perlita no estaba vestida con silvestres hierbas. Su madre, merced á cierta tendencia mórbida, que más adelante se comprenderá mejor, había comprado las telas más ricas que pudieran procurarse y daba rienda suelta á su fantasía creadora en el arreglo y adorno de los vestidos de la niña, cada vez que ésta se presentaba en público. Tan magníficamente lucía aquella criaturita ataviada de esa suerte, y era tal el esplendor de la propia belleza de Perla, brillando al través de los trajes vistosos que habrían podido apagar una hermosura mucho menos radiante, que puede decirse que en torno suyo se formaba un círculo de fulgente luz en el suelo de la obscura cabaña. El aspecto de Perla tenía un encanto de infinita variedad: en aquella niña se compendiaban y resumían muchos niños, comprendiendo desde la belleza á manera de flor silvestre de un niño campesino, hasta la pompa, en escala menor, de una princesita. En toda ella había sin embargo algo de apasionado, una cierta intensidad de color de que nunca se despojaba; y si en alguno de sus cambios ese color se hubiera vuelto más débil ó más pálido, habría cesado de ser ella, no habría sido Perla.