La letra escarlata
La letra escarlata Pero mientras Perla decÃa esto, se echó á reir y empezó á bailar con la gesticulación petulante de un pequeño trasgo, cuyo próximo capricho serÃa escaparse por la chimenea.
—¿Eres tú en realidad mi hija? le preguntó Ester.
Y no fué una pregunta ociosa la que hizo, sino que, en aquel momento, asà lo sentÃa; porque era tal la maravillosa inteligencia de Perla, que su madre hasta llegaba á imaginarse que la niña conocÃa la secreta historia de su existencia y se la revelarÃa ahora.
—SÃ; yo soy tu pequeña Perla, repitió la niña continuando sus cabriolas.
—¡Tú no eres mi hija! ¡Tú no eres mi Perla! dijo la madre con aire semi risueño, porque frecuentemente en medio del más profundo dolor le venÃan impulsos festivos.—DÃme, pues, quién eres y quién te ha enviado aquÃ.
—DÃmelo, madre mÃa,—respondió Perla con acento grave, acercándose á Ester y abrazándose á sus rodillas,—dÃmelo, madre, dÃmelo.
—Tu Padre Celestial te envió, respondió Ester.