La letra escarlata

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Pero lo dijo con una vacilación que no escapó á la viva inteligencia de la niña; la cual, bien sea movida por su ordinaria petulancia, ó porque un maligno espíritu la inspirara, levantando el dedito índice y tocando la letra escarlata, exclamó con acento de convicción:

—No; Él no me envió. Yo no tengo Padre Celestial.

—¡Silencio, Perla, silencio! Tú no debes hablar así,—respondió la madre suprimiendo un gemido. El Padre Celestial nos ha enviado á todos á este mundo. Hasta me ha enviado á mí, tu madre; y con mucha mayor razón á tí. Y si no ¿de dónde has venido tú, niña singular y caprichosa?

—Dímelo, dímelo,—repitió Perla, no ya con su carita seria, sino riendo y dando brinquitos en el suelo. Tú eres quien debes decírmelo.

Pero Ester no pudo resolver la pregunta, encontrándose ella misma en un laberinto de dudas. Recordaba, entre risueña y asustada, la charla de las gentes del pueblo que, buscando en vano la paternidad de la niña, y observando algunas de sus peculiaridades, habían dado en decir que Perla procedía de un demonio, como ya había acontecido más de una vez en la tierra; ni fué Perla la única á quien los puritanos de la Nueva Inglaterra imputaron origen tan siniestro.


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