La letra escarlata
La letra escarlata Perla se dirigió á la ventana abovedada en el fondo del vestÃbulo, y tendió la mirada á lo largo de las calles del jardÃn, alfombrado de hierba recién cortada, y guarnecido con algunos arbustos, no muchos, como si el dueño hubiera desistido de su idea de perpetuar en este lado del Atlántico el gusto inglés en materia de jardines. Las coles crecÃan á la simple vista, y una calabacera, plantada á alguna distancia, se habÃa extendido al través del espacio intermediario, depositando uno de sus gigantescos productos directamente debajo de la ventana indicada. HabÃa, sin embargo, unos cuantos rosales, y cierto número de manzanos, procedentes probablemente de los plantados por los primeros colonos.
Perla, al ver los rosales, empezó á clamar por una rosa encarnada, y no quiso estarse tranquila.
—Cállate, niña, cállate, dijo la madre encarecidamente. No llores, mi querida Perla. Oigo voces en el jardÃn. El Gobernador se acerca acompañado de varios caballeros. Cállate.
En efecto, por la avenida del jardÃn se veÃa cierto número de personas con dirección hacia la casa. Perla, sin hacer caso de las tentativas de su madre para aquietarla, dió un grito agudÃsimo, y guardó entonces silencio; no debido á un sentimiento de obediencia, sino á la viva y móvil curiosidad de su naturaleza que hizo que todo su interés se concentrara en la aparición de estos nuevos personajes.