La letra escarlata
La letra escarlata Hubo otra pausa; y el médico empezó de nuevo á examinar y á arreglar las plantas que habÃa recogido.
—Me preguntásteis, no ha mucho, dijo, mi opinión acerca de vuestra salud.
—Asà lo hice,—respondió Dimmesdale,—y me alegrarÃa conocerla. Os ruego que habléis francamente, sea cuál fuere vuestra sentencia.
—Pues bien, con toda franqueza y sin rodeos,—dijo el médico ocupado aun en el arreglo de sus hierbas, pero observando con circunspección al Sr. Dimmesdale,—la enfermedad es muy extraña; no tanto en sà misma, ó en su manera de manifestarse exteriormente, á lo menos hasta donde puedo juzgar por los sÃntomas que me ha sido dado observar. Viéndoos diariamente, mi buen señor, y habiendo estudiado durante meses los cambios de vuestra fisonomÃa, podrÃa quizás consideraros un hombre bastante enfermo, aunque no tan enfermo que un médico instruÃdo y vigilante no abrigara la esperanza de curar. Pero—no sé qué decir,—la enfermedad parece serme conocida, y sin embargo no la conozco.
—Estáis hablando en enigmas, mi sabio señor, dijo el pálido ministro mirando por la ventana hacia afuera.