La letra escarlata
La letra escarlata —Entonces, para hablar con más claridad,—continuó el médico, y os pido perdón, si es necesario que se me perdone la franqueza de mi lenguaje,—permitidme que os pregunte,—como amigo vuestro, á cuyo cargo ha puesto la Providencia vuestra vida y bienestar fÃsico,—si me habéis expuesto y referido completamente todos los efectos y sÃntomas de esta enfermedad.
—¿Cómo podéis hacerme semejante pregunta?—replicó el ministro. SerÃa ciertamente un juego de niños llamar á un médico y ocultar la llaga.
—Me dais, pues, á entender que lo sé todo,—dijo Rogerio Chillingworth con acento deliberado y fijando en el ministro una mirada perspicaz, llena de intensa y concentrada inteligencia. Asà será; pero aquel á quien se le expone solamente el mal fÃsico y externo, á veces no conoce sino la mitad del mal para cuya curación se le ha llamado. Una enfermedad del cuerpo, que consideramos un todo completo en sà mismo, puede acaso no ser sino el sÃntoma de alguna perturbación puramente espiritual. Os pido de nuevo perdón, mi buen amigo, si mi lenguaje os ofende en lo más mÃnimo; pero de todos los hombres que he conocido, en ninguno, como en vos, la parte fÃsica se halla tan completamente amalgamada é identificada, si se me permite la expresión, con la parte espiritual de que aquella es el mero instrumento.