La letra escarlata
La letra escarlata —En ese caso no necesito haceros más preguntas,—dijo el ministro levantándose un tanto precipitadamente de su asiento. No creo que tengáis á vuestro cargo la cura de almas.
—Esto hace,—continuó el médico sin alterar la voz, ni fijarse en la interrupción, pero poniéndose en pie frente al extenuado y pálido ministro,—que una enfermedad, que un lugar llagado, si podemos llamarlo asÃ, en vuestro espÃritu, tenga inmediatamente su manifestación adecuada en vuestra forma corpórea. ¿Quisiérais que vuestro médico curara el mal fÃsico? Pero ¿cómo podrá hacerlo sin que primero le dejéis ver la herida ó pesadumbre de vuestra alma?
—¡No!—¡no á tÃ!—no á un médico terrenal!—exclamó el Sr. Dimmesdale con la mayor agitación y fijando sus ojos grandemente abiertos, brillantes, y con una especie de fiereza, en el viejo Rogerio Chillingworth. ¡No á tÃ! Pero si fuere una enfermedad del alma la que tengo, entonces me pondré en manos del único Médico del alma; él puede curar ó puede matar según juzgue más conveniente. Haga conmigo en su justicia y sabidurÃa lo que crea bueno. Pero ¿quién eres tú, que te mezclas en este asunto? ¿Tú, que te atreves á interponerte entre el paciente y su Dios?
Y con ademán furioso salió á toda prisa de la habitación.