La letra escarlata
La letra escarlata —¡Un caso extraño!—murmuraba. Necesito escudriñarlo más profundamente. ¡Rara simpatÃa entre alma y cuerpo! Aunque no fuera más que en beneficio de la ciencia, tengo que investigar este asunto á fondo.
Poco tiempo después de la escena arriba referida, aconteció que el Reverendo Sr. Dimmesdale, al mediodÃa, y enteramente de improviso, cayó en profundÃsimo sueño mientras, sentado en su sillón, estaba leyendo un volumen en folio que yacÃa abierto sobre la mesa. La intensidad del reposo del ministro era tanto más notable, cuanto que era una de esas personas de sueño por lo común ligero, no continuado, y fácil de interrumpirse por la menor causa. Pero su espÃritu no estaba tan hondamente aletargado, que le impidiera moverse en el sillón cuando el anciano médico, sin ningunas precauciones extraordinarias, entró en el cuarto. Chillingworth se dirigió sin vacilar á su enfermo amigo, y poniendo la mano en el seno de éste, echó á un lado el vestido que lo habÃa mantenido cubierto siempre, aún á las miradas del facultativo.
Entonces fué cuando el Sr. Dimmesdale se estremeció y hasta se movió ligeramente.