La letra escarlata
La letra escarlata Todo esto lo ejecutaba con tan perfecta sutileza, que el ministro, aunque constantemente con una vaga percepción de que algo maligno le estaba vigilando, nunca pudo darse cuenta exacta de su verdadera naturaleza. Es cierto que miraba con duda y temor, y aun á veces con espanto é intensa aversión, al viejo médico. Sus gestos, sus movimientos, su barba gris, sus acciones más insignificantes é indiferentes, hasta el corte y la moda de su traje, le eran odiosos: señal todo de una antipatía en el corazón del ministro más profunda de lo que él se hallaba dispuesto á confesarse á sí mismo. Y como era imposible asignar una causa á tal desconfianza y aversión, el Sr. Dimmesdale, con la conciencia de que el veneno de algún punto mórbido en su espíritu le estaba inficionando todo el corazón, atribuía á esto todos sus presentimientos. Se empeñó, pues, en curarse de sus antipatías hacia el viejo médico, y sin parar mientes en lo que debía haber deducido de ellas, hizo cuanto pudo para extirparlas. Siéndole imposible conseguirlo, continuó sus hábitos de relaciones familiares con el anciano, proporcionándole de este modo oportunidades constantes para que el vengativo médico,—pobre y mísera criatura más infeliz que su víctima,—consiguiese el fin á que había dedicado toda su energía.