La letra escarlata

La letra escarlata

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Ester no ocupaba ya precisamente la misma posición que en los primeros tiempos de su ignominia. Los años se habían ido sucediendo, y Perla contaba ya siete de edad. Su madre, con la letra escarlata en el pecho, brillando con su fantástico bordado, era ahora una figura muy conocida en la población; y como no se mezclaba en los asuntos públicos ó privados de nadie, en nada ni para nada, se había ido formando una especie de consideración general hacia Ester. En honra de la naturaleza humana puede decirse que, excepto cuando interviene el egoísmo, está más dispuesta á amar que á odiar. El odio, por medio de un procedimiento silencioso y gradual, se puede transformar hasta en amor, siempre que á ello no se opongan nuevas causas que mantengan vivo el sentimiento primero de hostilidad. En el caso de Ester Prynne, no había ocurrido nada que lo agravase, porque jamás ella se declaró en contra del público, sino que se sometió, sin quejarse, á todo lo que éste quiso hacer, sin demandar nada en recompensa de sus sufrimientos. Hay que agregar la pureza inmaculada de su vida durante todos estos años en que se había visto segregada del trato social y declarada infame, y esa circunstancia influyó mucho en favor suyo. No teniendo ahora nada que perder para con el mundo, y sin esperanzas, y acaso tampoco sin deseos de ganar alguna cosa, su vuelta á la senda austera del deber sólo podría atribuirse á un verdadero amor de la virtud.


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