La letra escarlata
La letra escarlata —Sea ó no un pecado,—dijo Ester con amargura y con la mirada fija en el viejo médico,—¡odio á ese hombre!
Se reprendió á sà misma á causa de ese sentimiento, pero ni pudo sobreponerse á él ni disminuir su intensidad. Para conseguirlo, pensó en aquellos dÃas, ya muy lejanos, en que Rogerio acostumbraba dejar su cuarto de estudio á la caÃda de la tarde, y venÃa á sentarse junto á la lumbre del hogar, á los rayos de luz de su sonrisa nupcial. DecÃa entonces que necesitaba calentarse al resplandor de aquella sonrisa, para que desapareciera de su corazón de erudito el frÃo producido por tantas horas solitarias pasadas entre sus libros. Escenas semejantes le parecieron en otro tiempo investidas de cierta felicidad; pero ahora, contempladas al través de los acontecimientos posteriores, se habÃan convertido en sus recuerdos más amargos. Se maravillaba de que hubiera habido tales escenas; y sobre todo, de que se hubiera dejado inducir á casarse con él. Consideraba eso el crimen mayor de que tuviera que arrepentirse, asà como haber correspondido á la frÃa presión de aquella mano, y haber consentido que la sonrisa de sus labios y de sus ojos se mezclara á las de aquel hombre. Y le parecÃa que el viejo médico, al persuadirla, cuando su corazón inexperto nada sabÃa del mundo, al persuadirla que se imaginase feliz á su lado, habÃa cometido una ofensa mayor que todo lo que á él se le hubiere hecho.