La letra escarlata

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El ministro había preguntado á Ester, con no poco interés, la fecha precisa en que el buque había de partir. Probablemente sería dentro de cuatro días á contar de aquel en que estaban. "¡Feliz casualidad!"—se dijo para sus adentros. Por qué razón el Reverendo Arturo Dimmesdale lo consideró una feliz casualidad, vacilamos en revelarlo. Sin embargo, para que el lector lo sepa todo, diremos que dentro de tres días tenía que predicar el sermón de la elección; y como semejante acto formaba una época honrosa en la vida de un eclesiástico de la Nueva Inglaterra, el Sr. Dimmesdale no podía haber escogido una oportunidad más conveniente para terminar su carrera profesional. "Á lo menos, dirán de mí,—pensó este hombre ejemplar,—que no he dejado por desempeñar ningún deber público, ni lo he desempeñado mal."—¡Triste es, indudablemente, ver que una persona que podía hacer un examen tan profundo y minucioso de sí mismo, se engañara á tal extremo! Ya hemos dicho, y aun nos quedan por decir, cosas peores de él; pero ninguna tan lastimosamente débil; ninguna que diera una prueba tan irrefragable de la sutil enfermedad que había, desde tiempo atrás, minado la verdadera base de su carácter. Ningún hombre puede llevar por mucho tiempo, por decirlo así, dos rostros: uno en público y otro frente á frente de su conciencia, sin que al fin llegue á no saber cuál es el verdadero.


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