La letra escarlata

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Para conseguir que desaparecieran de su mente la vaguedad y confusión de sus impresiones, que le hacían experimentar una extraña inquietud, se puso á recordar de una manera precisa y definida los planes y proyectos que él y Ester habían bosquejado para su partida. Se había convenido entre los dos que el Antiguo Mundo, con sus ciudades populosas, les ofrecería mejor abrigo y mayor oportunidad, para pasar inadvertidos que no las selvas mismas de la Nueva Inglaterra ó de toda la América, con sus alternativas de una que otra choza de indios ó las pocas ciudades de europeos, escasamente pobladas, esparcidas aquí y allí á lo largo de las costas. Todo esto sin hablar de la mala salud del ministro, que no se prestaba ciertamente á soportar los trabajos y privaciones de la vida de los bosques, cuando sus dones naturales, su cultura y el desenvolvimiento de todas sus facultades le adaptaban para vivir tan sólo en medio de pueblos de adelantada civilización. Para que pudiesen llevar á cabo lo que habían determinado, la casualidad les deparó que hubiera en el puerto un buque, una de esas embarcaciones de dudoso carácter, cosa muy común en aquellos tiempos, que sin ser realmente piratas, recorrían sin embargo los mares con muy poco respeto á las leyes de propiedad. Este buque había llegado recientemente del Mar de las Antillas, y debía hacerse á la vela dentro de tres días con rumbo á Brístol en Inglaterra. Ester, cuya vocación para hermana de la Caridad la había puesto en contacto con el capitán y los tripulantes de la nave, se ocuparía en conseguir el pasaje de dos individuos y una niña, con todo el secreto que las circunstancias hacían más que necesario.


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