La letra escarlata
La letra escarlata Durante todo este tiempo el anciano Rogerio había estado contemplando al ministro con la mirada grave y fija de un médico para con su paciente; pero á pesar de estas apariencias, el ministro estaba casi convencido de que Chillingworth sabia, ó por lo menos sospechaba, su entrevista con Ester. El médico conocía, pues, que para su enfermo él no era ya un amigo íntimo y leal, sino su más encarnizado enemigo; de consiguiente, era natural que una parte de esos sentimientos tomara forma visible. Es sin embargo singular el hecho de que á veces transcurra tanto tiempo antes de que ciertos pensamientos se expresen por medio de palabras, y así vemos con cuanta seguridad dos personas, que no desean tratar el asunto que más á pecho tienen, se acercan hasta sus mismos límites y se retiran sin tocarlo. Por esta razón, el ministro no temía que el médico tratara de un modo claro y distinto la posición verdadera en que mutuamente se encontraban uno y otro. Sin embargo, el anciano Rogerio, con su manera tenebrosa de costumbre, se acercó considerablemente al particular del secreto.
—¿No sería mejor, dijo, que os sirvierais esta noche de mi poca habilidad? Realmente, mi querido señor, tenemos que esmerarnos y hacer todo lo posible para que estéis fuerte y vigoroso el día del sermón de la elección. El público espera grandes cosas de vos, temiendo que al llegar otro año ya su pastor haya partido.