La letra escarlata
La letra escarlata —SÃ, á otro mundo,—replicó el ministro con piadosa resignación.—Concédame el cielo que sea á un mundo mejor, porque, en verdad, apenas creo que podré permanecer entre mis feligreses las rápidas estaciones de otro año. Y en cuanto á vuestras medicinas, buen señor, en el estado actual de mi cuerpo, no las necesito.
—Mucho me alegro de oÃrlo,—respondió el médico.—Pudiera ser que mis remedios, administrados tanto tiempo en vano, empezaran ahora á surtir efecto. Por feliz me tendrÃa si asà fuere, pues merecerÃa la gratitud de la Nueva Inglaterra, si pudiese efectuar tal cura.
—Os doy las gracias con todo mi corazón, vigilante amigo,—dijo el Reverendo Sr. Dimmesdale con una solemne sonrisa.—Os doy las gracias, y sólo podré pagar con mis oraciones vuestros buenos servicios.
—Las preces de un hombre bueno son la más valiosa recompensa,—contestó el anciano médico al despedirse.—Son las monedas de oro corriente en la Nueva Jerusalén, con el busto del Rey grabado en ellas.