La letra escarlata

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Pronto se dejó ver la cabeza de la procesión que, procediendo lenta y majestuosamente, doblaba una esquina y se abría paso al través de la muchedumbre que llenaba la plaza del mercado. Primeramente venía la banda de música, compuesta de variedad de instrumentos, quizás imperfectamente adaptados unos á otros, y tocados sin mucho arte; sin embargo, se alcanzaba el gran objeto que la armonía de los tambores y del clarín debe producir en la multitud; esto es, revestir de un aspecto más heroico y elevado la escena que se desarrollaba ante la vista. Perla, al principio, empezó á palmotear, pero luego, por un instante, perdió la agitación febril que la había mantenido en un estado de continua efervescencia toda la mañana: contempló silenciosamente lo que pasaba, y parecía como si los sonidos de la música, arrebatando su espíritu, la hicieran, á manera de ave acuátil, cernerse sobre aquellas oleadas de armonía. Pero volvió á su antigua agitación al ver fulgurar á los rayos del sol las armas y brillantes arreos de los soldados que venían inmediatamente después de la banda de música, y formaban la escolta de honor de la procesión. Este cuerpo militar,—que aun subsiste como institución, y continúa su vieja existencia con antigua y honrosa fama,—no se componía de hombres asalariados, sino de caballeros que, animados de ardor marcial, deseaban establecer una especie de Colegio de Armas donde, como en una Asociación de Caballeros Templarios, pudieran aprender la ciencia de la guerra y las prácticas de la misma, hasta donde lo permitieran sus ocupaciones pacíficas habituales. La alta estimación en que se tenía á los militares en aquella época, podía verse en el porte majestuoso de cada uno de los individuos que formaban la compañía. Algunos, en realidad de verdad, por sus servicios en los Países Bajos y en otros campos de batalla, habían conquistado perfectamente el derecho de usar el nombre de soldado con toda la pompa y prosopopeya del oficio. Toda aquella columna vestida con petos de luciente acero y brillantes morriones coronados de penachos de plumas, presentaba un golpe de vista cuyo esplendor ningún despliegue de tropas modernas puede igualar.


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