La letra escarlata
La letra escarlata La vida de la Aduana yace en lo pasado, como si fuera un sueño. El octogenario empleado del resguardo,—que, siento decirlo, murió hace algún tiempo en consecuencia de la coz de un caballo, pues de lo contrario habrÃa vivido de seguro eternamente,—asà como todos los demás venerables personajes que se sentaban junto con él en la Aduana, se han convertido para mà en sombras: imágenes de rostros arrugados y cabezas blancas en canas, con quienes mi fantasÃa se ocupó algún tiempo y que ya ha arrojado á lo lejos para siempre. Los comerciantes, cuyos nombres me eran tan familiares hace sólo seis meses, estos hombres del tráfico que parecÃa ocupaban una posición tan importante en el mundo,—¡cuán corto tiempo se ha necesitado para separarme de todos ellos, y aun para borrarlos de la memoria, hasta el punto de haberme sido preciso un esfuerzo para recordar el rostro y nombre de alguno que otro!