Fenomenología del Espíritu

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Si diferenciamos más de cerca los momentos contenidos aquí, vemos que el primer momento que tenemos es que las figuras autónomas subsisten[74], o que se reprime lo que es el diferenciar en sí, a saber, el no ser en sí ni tener ninguna subsistencia. El segundo momento, sin embargo, es que ese subsistir se somete a la infinitud del diferenciar. En el primer momento está la figura subsistente; en cuanto que-es-para-sí, o en cuanto que en su determinidad es sustancia infinita, entra en escena frente a la sustancia universal, niega esta fluidez y continuidad con ella y afirma de sí que no está disuelta en esto universal, sino que, más bien, se mantiene por particularizarse y separarse de esta naturaleza inorgánica suya, y consumirla. Precisamente por eso, la vida en el medio fluido universal, tranquilo descomponer la figuras, se convierte en el movimiento de las mismas, o en vida como proceso. La fluidez simple universal es lo en-sí, y la diferencia de las figuras, lo otro. Pero esta fluidez llega ella misma a ser lo otro a través de esta diferencia; pues, ahora, ella es para la diferencia, la cual es en y para sí misma, y por eso, es el movimiento infinito por el que viene siendo consumido aquel medio tranquilo, la vida como algo viviente.—Pero, por eso, esta inversión es, a su vez, el estado de estar invertido en sí mismo; lo consumido es la esencia; precisamente con ello, la individualidad, que se mantiene al precio de lo universal y se otorga el sentimiento de su unidad consigo misma, cancela su oposición a lo otro, por medio de la cual ella es para sí; la unidad consigo misma que ella se otorga es precisamente la fluidez de las diferencias, o la disolución universal. Pero, a la inversa, cancelar la subsistencia individual es, en la misma medida, generar dicha subsistencia. Pues, dado que la esencia de la figura individual, la vida universal y lo que es para sí son, en sí, sustancia simple, al poner lo otro dentro sí cancelan esta simplicidad suya, o su esencia, esto es, la escinden en dos, y este escindir la fluidez sin diferencias es, justamente, poner la individualidad. La sustancia simple de la vida, entonces, es la escisión de ella misma en figuras y, a la vez, la disolución de estas diferencias subsistentes; y la disolución de la escisión es, en la misma medida, un escindir, o un articular en miembros diversos. De este modo, los dos lados que habían sido diferenciados en todo el movimiento, a saber, la configuración descompuesta tranquilamente en el medio universal de la autonomía y el proceso de la vida, coinciden cayendo uno sobre otro; el último, el proceso, es tanto configuración como es un cancelar la figura; y el primero, la configuración, es tanto un cancelar como un articular en miembros. El elemento fluido mismo no es más que la abstracción de la esencia, o sólo es efectivamente real como figura; y el hecho de que se articule en miembros diversos, a su vez, es sólo un escindir lo articulado, o un disolverlo. Todo este recorrido cíclico es lo que constituye la vida, y no lo que se enunció primero, la continuidad y maciza consistencia inmediata de su esencia, ni la figura subsistente y lo discreto que es para sí, ni el puro proceso de estos últimos, ni tampoco algo que simplemente compendie estos momentos, sino el conjunto de todo que se desarrolla, disuelve su desarrollo y se mantiene simplemente en este movimiento.


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