Fenomenología del Espíritu

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La conciencia escéptica, entonces, en la mutación de todo lo que quiere fijarse sólidamente para ella, hace la experiencia de su propia libertad como otorgada y conservada por ella misma; es esta ataraxia del pensarse a sí misma, la certeza de sí misma, inmutable y de verdad. Tal certeza no se desprende de algo extraño que derrumbara dentro de sí su múltiple desarrollo como un resultado que tuviera un devenir detrás; sino que la propia conciencia es la inquietud dialéctica absoluta, esa mezcla de representaciones sensoriales y pensadas cuyas diferencias coinciden y cuya igualdad —por ser ella misma la determinidad frente a lo desigual— vuelve, en la misma medida, a disolverse. Pero aquí, de hecho, esta conciencia, en lugar de conciencia igual a sí misma, no es ni más ni menos que una confusión azarosa, el vértigo de un desorden que está siempre engendrándose. Lo es para sí misma; pues ella misma conserva y produce esta confusión en movimiento. Por eso, también confiesa serlo, confiesa ser una conciencia totalmente contingente, singular: una conciencia que es empírica, que se rige por lo que no tiene ninguna realidad para ella, que obedece a lo que a sus ojos no es esencia, que hace y lleva hasta la realidad efectiva lo que a sus ojos no tiene verdad. Pero, en la misma medida, igual que a sí misma se considera una vida singular, contingente y, de hecho, animal, una autoconciencia perdida, también, al contrario, hace a su vez de sí una conciencia universal e igual a sí misma; pues ella es la negatividad de toda singularidad y de toda diferencia. Desde esta seipseigualdad, o más bien dentro de ella misma, vuelve a caer en esa contingencia y confusión, pues justo esta negatividad semoviente trata sólo con lo singular, y anda ocupada con lo contingente. Esta conciencia es, entonces, ese desatino sin conciencia, consistente en andar yendo y viniendo desde el extremo de la autoconciencia seipseigual hasta el otro de la conciencia contingente, confundida y confundente. Ella misma no llega a juntar estos dos pensamientos de sí misma; por un lado reconoce su libertad como elevación por encima de toda confusión y toda contingencia de existir, y por otro lado vuelve a confesarse como un recaer en la condición inesencial y un estar ocupada con ella. Hace desaparecer el contenido inesencial dentro de su pensar, pero justamente al hacer eso es la conciencia de algo inesencial; enuncia el desaparecer absoluto, pero el enunciar ES, y esta conciencia es el desaparecer enunciado; enuncia la nulidad del ver, del oír, etc., y ella misma ve, oye, etc.; enuncia la nulidad de las esencialidades éticas, y se constituye en los poderes de su obrar. Siempre se contradicen su hacer y sus palabras, y ella misma tiene igualmente consigo la doble conciencia contradictoria de la inmutabilidad y la igualdad, de la completa contingencia y la desigualdad. Pero mantiene separada esta contradicción que es de ella misma; y se comporta respecto a ella como lo hace en general en su movimiento puramente negativo. Si se le señala la igualdad, ella señala la desigualdad; y cuando se le pone delante esta última, que ella acaba de enunciar, pasa ella a señalar la igualdad; de hecho, su palabrería es una riña de jóvenes obstinados, en la que uno dice A cuando el otro dice B, y luego B, cuando el otro A, y con esta contradicción consigo mismos se pagan el placer de seguir contradiciéndose entre ellos.


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