Fenomenología del Espíritu

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Por eso, en este primer modo, en el que la consideramos como conciencia pura, no se comporta respecto a su objeto de manera pensante, sino que, en tanto que ella misma, ciertamente, es en sí pura singularidad pensante, y en tanto que su objeto es precisamente el puro pensar, sin que, sin embargo, la referencia recíproca misma sea pensar puro, ahora, ella, por así decirlo, tan sólo se dirige hacia el pensar, y es devoción[82]. Su pensar como tal no deja de ser el zumbido informe del toque de campanas, o una tibia neblina de incienso, un pensar musical que no llega al concepto, el cual sería el único modo objetual inmanente. Sin duda, a este sentir infinito, puro e interior, su objeto le adviene, pero entrando de tal manera que no entra como comprendido conceptualmente, y por eso entra como un extraño. Con lo cual, lo que hay aquí es el movimiento interior de un ánimo puro que se siente a sí mismo, pero dolorosamente, como escisión en dos; el movimiento de una nostalgia infinita que tiene la certeza de que su esencia como tal es ese ánimo puro, pensar puro que se piensa como singularidad; la certeza de que precisamente por pensarse como singularidad es conocida y reconocida por este objeto. Pero, al mismo tiempo, esta esencia es el más allá inalcanzable que al atraparlo huye, o mejor dicho, ya ha huido. Ya ha huido; pues, por un lado, es lo inmutable que se piensa como singularidad, y por eso, la conciencia se alcanza inmediatamente a sí misma en ello, a sí misma, pero como lo contrapuesto a lo inmutable; en lugar de atrapar la esencia, sólo la siente, y ha vuelto a caer dentro de sí; en tanto que, en el acto de alcanzar, no es capaz de retenerse como esto contrapuesto, en lugar de atrapar la esencia, sólo ha atrapado la índole inesencial. Del mismo modo que, por un lado, en su afán por alcanzarse en la esencia, sólo atrapa la propia realidad efectiva separada, del otro lado no puede atrapar a lo otro como singular, o como efectivamente real. Allí donde se lo busque, no se lo podrá encontrar, pues se supone que es justamente un más allá, un ser tal que no puede ser encontrado. Buscado como singular, no es una singularidad universal, pensada, no es concepto, sino algo singular en cuanto objeto, o en cuanto algo efectivamente real; objeto de la certeza sensorial inmediata; y precisamente por eso, sólo algo que ha desaparecido. Por eso, a esta conciencia, lo único que puede hacérsele presente es el sepulcro de su vida. Pero como éste mismo es una realidad efectiva y va contra la naturaleza de ésta el consentir una posesión duradera, esta presencia del sepulcro no es más que la lucha de un esforzarse, de la que se ha de salir perdiendo. Sólo que, al haber hecho esta experiencia de que el sepulcro de su esencia efectiva e inmutable no tiene ninguna realidad efectiva, de que la singularidad desaparecida, en cuanto desaparecida, no es la verdadera singularidad, dejará entonces de buscar la singularidad inmutable como efectivamente real, o de retenerla como desaparecida, y sólo así se hace capaz de encontrar la singularidad como singularidad de veras, o como universal.


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