FenomenologÃa del EspÃritu
FenomenologÃa del EspÃritu De primeras, esto universal no es más que lo que permanece igual a sÃ; su movimiento no es más que el uniforme retornar de la misma actividad. La conciencia, que, en esta medida, sólo encuentra en el objeto la universalidad o el mÃo abstracto, tiene que tomar sobre sà el movimiento propiamente dicho de éste; no siendo todavÃa el entendimiento del mismo, tiene que ser al menos su memoria, la cual expresa de manera universal lo que en la realidad efectiva sólo se da de manera singular. Este superficial destacarse a partir de la singularidad, y la forma igualmente superficial de la universalidad, en la que lo sensible sólo queda registrado sin haber llegado en sà mismo a ser algo universal, el describir las cosas, no tiene su movimiento todavÃa en el objeto mismo; el movimiento está más bien, únicamente, en el describir. Por eso, el objeto, según queda descrito, ha perdido interés; una vez que se ha descrito uno, es preciso tomar otro, y hay que estar siempre buscando para que el describir no cese. Cuando ya no es tan fácil encontrar cosas nuevas completas, hay que retornar a las ya encontradas, seguir dividiéndolas, descomponiéndolas, y rastrear nuevos aspectos de la cosidad en ellas. A este instinto inquieto y sin pausa nunca le puede faltar material; encontrar y distinguir una nueva especie, o incluso un nuevo planeta —al cual, aunque sea un individuo, bien que le corresponde la naturaleza de algo universal— es algo que sólo le está destinado a los afortunados. Pero los lÃmites de lo que se ha señalado y distinguido como el elefante, el roble, el oro, lo que es el género y la especie, atraviesan muchos niveles hasta la infinita clasificación particularizadora del caos de los animales y de las plantas, de las clases de montaña o de los metales y minerales, que sólo por mediación de la violencia y la técnica pueden exponerse. En este reino de la indeterminidad de lo universal, en el que la clasificación particularizadora se acerca de nuevo a la singularización, y vuelve luego también a descender dentro de ella aquà y allá, se ha abierto una reserva inagotable para observar y describir. Pero aquÃ, donde se le abre un campo inabarcable a la vista, en el lÃmite de lo universal, la conciencia puede que más bien haya encontrado, en lugar de una inmensa riqueza, tan sólo las barreras de la naturaleza y de su propia actividad; la conciencia ya no puede saber si lo que parece ser en sà no será una casualidad; lo que lleva en sà la impronta de una conformación confusa o inmadura, débil y que apenas se desarrolla más allá de una indeterminidad elemental, no puede ni siquiera plantear la pretensión de ser sólo descrito.