Fenomenología del Espíritu

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Si para este buscar y describir parece tratarse sólo de las cosas, no vemos, de hecho, que discurra al hilo del percibir sensorial, sino que aquello por lo que las cosas se reconocen le resulta más importante que todo el resto de las propiedades sensibles de las que la cosa misma, desde luego, no puede prescindir, pero que la conciencia se permite ignorar. Por esta diferenciación entre lo esencial y lo inesencial, el concepto se eleva por encima de la dispersión sensible y, con ello, el conocer declara que para él, cuando menos, se trata esencialmente tanto de sí mismo como de las cosas. Con esta condición de esencial duplicada, acaba por vacilar sobre si aquello que es lo esencial y necesario para él, el conocer, estará también en las cosas. Por un lado, al conocer le sirven, supuestamente, sólo las características por medio de las cuales distingue unas cosas de otras; pero, por otro lado, lo conocido no es lo inesencial de las cosas, sino aquello por lo que éstas se arrancan ellas mismas de la continuidad universal del ser en general, se desgajan de lo otro y son para sí. Las características no deben tener sólo una referencia esencial al conocer, sino también la determinidad esencial de las cosas, y el sistema artificial debe ser conforme al sistema de la naturaleza misma, y expresar únicamente a éste. Esto es necesariamente así a partir del concepto de razón, y el instinto de ésta —pues que sólo como tal se comporta ella en este observar— también ha alcanzado en su sistema esta unidad en la que, por cierto, sus objetos mismos son de tal hechura que tienen en ellos una índole esencial o un ser-para-sí, y no son sólo el azar de este instante o de este aquí. Los caracteres que diferencian a los animales, por ejemplo, se toman de las garras y de los dientes; pues, de hecho, no es sólo que por ellos el conocer diferencie a un animal de los otros; sino que por ellas el animal se separa y distingue él mismo; por medio de estas armas se conserva para sí, separado y particularizado de lo universal. La planta, en cambio, no llega al ser-para-sí, sino que sólo toca el límite de la individualidad; por eso mismo, es en este límite, en el que muestra la apariencia de la división en sexos, donde ha sido registrada y diferenciada. Pero lo que quede por debajo de ella, no puede distinguirse ya por sí mismo de lo otro, sino que se pierde al entrar en la oposición. El ser en reposo y el ser en relación entran en disputa uno con otro, la cosa es en este último algo distinto de lo que es según aquél, mientras que, por el contrario, el individuo consiste en mantenerse en la relación con otro. Pero lo que no es capaz de mantenerse, y se convierte químicamente en otro distinto de lo que es empíricamente, confunde al conocer y lo lleva a la misma disputa de si debe atenerse a un lado o al otro, puesto que la cosa misma no es nada que permanezca igual, y ambos lados se disocian en ella.


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