Fenomenología del Espíritu
Fenomenología del Espíritu La cosa pública, ley superior y manifiesta vigente bajo el sol, tiene su vitalidad efectiva en el gobierno, como aquello donde ella es individuo. El gobierno es el espíritu efectivamente real reflexionado dentro de sí, el sí-mismo simple de toda la sustancia ética. Esta fuerza simple le permite a la esencia, ciertamente, expandirse hacia dentro de su articulación, y darle a cada parte una subsistencia y un ser-para-sí propios. En ella tiene el espíritu su realidad o su existencia, y la familia es el elemento de esta realidad. Pero el espíritu es, a la vez, la fuerza del todo, que vuelve a abrazar juntas esas partes en lo Uno negativo, les da el sentimiento de su falta de autonomía y las conserva en la conciencia de tener su vida solamente en el todo. La cosa pública puede, entonces, por un lado, organizarse en sistemas de autonomía personal y de propiedad, del derecho de personas y del concerniente a las cosas; asimismo, a los modos de trabajar para fines en principio singulares —los modos de adquirir y de gozar—, puede darles autonomía articulándolos en congregaciones propias. El espíritu de la congregación universal es la simplicidad y la esencia negativa de estos sistemas que se aíslan. Para no dejarlos arraigar y fijarse rígidamente en ese aislamiento, con lo que el todo se desmonoronaría y el espíritu se disiparía, el gobierno tiene que estremecerlos de cuando en cuando en su interior por medio de la guerra, tiene que herir y trastornar así el orden que ellos se han organizado y el derecho de autonomía, mientras que a los individuos, que ahondándose en ello se arrancan del todo y aspiran a un inviolable ser-para-sí y la seguridad de la persona, al imponerles ese trabajo, les hace sentir quién es su señor, la muerte. Por medio de esta disolución de la forma de subsistencia, el espíritu previene el hundirse de la existencia ética en la existencia natural, y conserva y eleva al sí-mismo de la conciencia de esa existencia a la libertad y a su fuerza.—La esencia negativa se muestra como el poder propiamente dicho de la cosa pública y como la fuerza de su autoconservación; esta cosa pública, entonces, tiene la verdad y corroboración de su potencia en la esencia de la ley divina y en el reino subterráneo.