FenomenologÃa del EspÃritu
FenomenologÃa del EspÃritu Si la aseveración de que se actúa por la convicción del deber es verdadera o no lo es, si lo que se obra es efectivamente el deber o no: frente a la certeza moral, tales cuestiones o dudas no tienen ningún sentido.—En el caso de la primera pregunta, la de si la aseveración es verdadera, se estarÃa suponiendo que la intención interior es diversa de la que ofrece por fuera, es decir, que el querer del sÃ-mismo singular podrÃa separarse del deber, de la voluntad de la conciencia universal y pura; que esta voluntad estarÃa puesta en el discurso, mientras que ese querer serÃa propiamente el resorte que impulsa la acción. Pero esta diferencia entre la conciencia universal y el sÃ-mismo singular es justamente la que se ha cancelado, y cuya cancelación es la certeza moral. El saber inmediato del sÃ-mismo cierto de sà es ley y es deber; su intención es lo justo por el hecho de ser su intención; lo único que se reclama es que él sepa esto y diga que él es la convicción de que su saber y querer son lo justo. El acto en sà mismo de enunciar esta aseveración cancela la forma de su particularidad; reconoce en ello la necesaria universalidad del sÃ-mismo; llamándose certeza moral, se llama puro saberse a sà mismo y puro querer abstracto, es decir, se llama un saber y querer universales que reconocen a los otros, es igual a ellos, pues ellos son justamente este puro querer y saberse, y por eso, ellos también lo reconocen. En el querer del sÃ-mismo cierto de sÃ, en este saber que el sÃ-mismo es la esencia, reside la esencia de lo justo.—AsÃ, pues, el que dice que actúa de cierta manera por su certeza moral, está diciendo verdad, pues su certeza moral es el sÃ-mismo que sabe y quiere. Pero tiene que decirlo de manera esencial, pues este sÃ-mismo, a la vez, tiene que ser sÃ-mismo universal. Esto no está en el contenido de la acción, pues tal contenido, en virtud de su determinidad, es, en sÃ, indiferente; sino que la universalidad reside en la forma de la acción; esta forma es la que se ha de poner como efectivamente real; es el sÃ-mismo que, en cuanto tal, es efectivamente real en el lenguaje, se declara como lo verdadero, y precisamente en ello reconoce a todos los sÃ-mismos y es reconocido por ellos.