Fenomenología del Espíritu

Fenomenología del Espíritu

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Éste accede a la existencia sólo en la cúspide en la que su saber puro acerca de sí mismo es la oposición y el intercambio consigo mismo. Sabiendo que su saber puro es la esencia abstracta, él es este deber que sabe en oposición absoluta frente al saber que, en cuanto singularidad absoluta del sí-mismo, se sabe la esencia. Aquel saber primero es la continuidad pura de lo universal que sabe que la singularidad que se sabe como esencia es lo nulo en sí, es el mal. Mientras el segundo saber es la discreción absoluta que se sabe a sí misma absoluta dentro de su pura unidad, y sabe que aquello universal es lo irreal e inefectivo, que es sólo para otros. Ambos lados se han depurado hasta esta pureza en la que no hay ya en ellos ninguna existencia carente de sí-mismo, nada negativo de la conciencia, sino que aquel deber es el carácter, que permanece igual a sí, de su saberse a sí mismo, y este mal tiene también su fin en su ser-dentro-de-sí, y su realidad efectiva en su discurso; el contenido de este discurso es la sustancia de su persistencia; el discurso es la aseveración de la certeza del espíritu dentro de sí mismo.— Ninguno de los espíritus ciertos de sí mismos tiene otro fin que su puro sí-mismo, ni otra realidad y existencia que precisamente ese sí-mismo puro. Pero siguen siendo diversos, y la diversidad es absoluta, porque está puesta en este elemento del concepto puro. Y no sólo es absoluta para nosotros, sino también para los conceptos mismos que se hallan en esta oposición. Pues estos conceptos son, ciertamente, conceptos mutuamente determinados, pero, a la vez, son, en sí, universales, de manera que colman toda la extensión del sí-mismo, y este sí-mismo no tiene otro contenido que esta determinidad suya, que ni lo transciende ni es tampoco más restringida que él; pues una de las determinidades, lo absolutamente universal, es tan puro saberse a sí mismo como el otro, la discreción absoluta de la singularidad, y ambos son únicamente este puro saberse. Ambas determinidades, pues, son los conceptos puros que saben, cuya determinidad es ella misma, inmediatamente, saber, o bien, cuya relación y oposición es el yo. Por consiguiente, son recíprocamente estos contrapuestos sin más; es lo perfectamente interior que se ha colocado frente a sí mismo, y ha accedido a la existencia; ellas constituyen el saber puro que, por medio de esta oposición, está puesto como conciencia. Pero todavía no es autoconciencia. Esa realización efectiva la tiene en el movimiento de esa oposición. Pues tal oposición es, más bien, la continuidad indiscreta y la igualdad del yo=yo; y cada uno para sí, precisamente por la contradicción de su universalidad pura, la cual a la vez sigue oponiéndose a su igualdad con el otro y se separa de él, cancelándose en él mismo. Por este despojamiento en el que se exterioriza, este saber dividido en su existencia regresa a la unidad del sí-mismo; es el yo efectivamente real, el universal saberse a sí mismo en su absoluto contrario, en el saber que es-dentro-de-sí, el cual, en virtud de la pureza de su ser-dentro-de-sí separado, es él mismo el saber perfectamente universal. El que reconcilia, en el que ambos yoes se desasen de su existencia contrapuesta, es la existencia del yo extendido a la duplicidad, que permanece igual a sí en ella y que, en su exteriorización y contrario perfectos, tiene la certeza de sí mismo;—es el Dios apareciendo en medio de ellos, que se saben como el saber puro.


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