FenomenologÃa del EspÃritu
FenomenologÃa del EspÃritu La presencia inmediata, cancelada y asumida de la esencia autoconsciente lo es como autoconciencia universal; por eso, este concepto de sÃ-mismo singular asumido que es esencia absoluta expresa inmediatamente la constitución de una comunidad que, demorándose hasta ahora en el representar, retorna en este punto dentro de sà como dentro del sÃ-mismo; con lo que el espÃritu pasa del segundo elemento de su determinación, el representar, al tercero, la autoconciencia como tal.—Si examinamos todavÃa más el modo en que ese representar se comporta en su proceso, vemos expresado, en primer lugar, esto: que la esencia divina adopta la naturaleza humana. Lo que viene aquà ya enunciado es que, en sÃ, las dos no están separadas; igual que al decir que la esencia divina se despoja y exterioriza a sà misma desde el comienzo, que su existencia entra dentro de sà y se hace mala, no se enuncia explÃcitamente, pero sà está contenido implÃcitamente, que, en sÃ, esta existencia mala no le es algo extraño; el solo nombre de la esencia absoluta estarÃa vacÃo si, en verdad, hubiera algo que le fuera otro, si hubiera algo caÃdo y separado de ella: antes bien, el momento del estar-dentro-de-sà constituye el momento esencial del sÃ-mismo del espÃritu.—Que el estar-dentro-de-sÃ, y la realidad efectiva que sólo por eso llega él a ser, pertenezcan a la esencia misma: esto que para nosotros es concepto, y en la medida en que es concepto, se le aparece a la conciencia representadora como un acontecer inconcebible; para ella, lo en-sà adopta la forma del ser indiferente. Pero el pensamiento de que esos momentos que aparentemente se rehúyen —el momento de la esencia absoluta y el del sÃ-mismo que-es-para-s× no están separados también se le aparece a este representar: pues él posee el contenido verdadero, pero después, en el despojamiento y exteriorización de la esencia divina que se hace carne. Esta representación, que, de este modo, sigue siendo inmediata y que, por tanto, no es espiritual, o bien, que, de primeras, sólo sabe a la figura humana de la esencia como una figura particular, todavÃa no universal, se hace espiritual para esta conciencia en el movimiento de la esencia configurada, que consiste en sacrificar de nuevo su existencia inmediata y retornar a la esencia; la esencia sólo llega a ser espÃritu en cuanto reflexionada dentro de sÃ.—Queda aquà representada, entonces, la reconciliación de la esencia divina con lo otro en general, y determinadamente, con el pensamiento del mismo, con el mal.—Cuando, conforme a su concepto, se expresa esta reconciliación diciendo que ella consiste en eso porque, en sÃ, el mal es lo mismo que el bien, o la esencia divina es lo mismo que la naturaleza en toda su extensión, igual que la naturaleza, separada de la esencia divina, es sólo la nada, todo esto ha de considerarse como un modo no espiritual de expresarse, que necesariamente tiene que suscitar malentendidos.—En tanto que el mal es lo mismo que el bien, el mal, precisamente, no es mal, ni el bien, bien, sino que, más bien, ambos resultan cancelados, el mal es, en general, el ser-para-sà que entra dentro de sÃ, y el bien lo simple que carece de sÃ-mismo[178]. En tanto que ambos son pronunciados conforme a su concepto, se hace patente, al mismo tiempo, su unidad; pues el ser-para-sà que entra dentro de sà es el saber simple; y lo simple carente de sÃ-mismo es, igualmente, el puro ser-para-sà que es dentro de sÃ.—En la misma medida en que haya que decir que, conforme a su concepto, el bien y el mal son lo mismo, esto es, en la medida en que no son el bien y el mal, habrá que decir también, con el mismo énfasis, entonces, que no son lo mismo, sino que son simple y llanamente diversos, pues el ser-para-sà simple, o también el saber puro, son, igualmente, la negatividad pura, o la absoluta diferencia en ellos mismos.—Sólo estas dos proposiciones acaban de completar el conjunto de todo, y a la afirmación y aseveración de la primera se le tiene que enfrentar, con insuperable terquedad, el firme aferrarse a la segunda; en tanto que las dos tienen igual razón, tienen igual sinrazón, la cual consiste en tomar formas abstractas tales como lo mismo, y lo no mismo, la identidad y la noindentidad, por cosa verdadera, firme y efectiva, y basarse en ellas. No es lo uno o lo otro lo que tiene verdad, sino precisamente su movimiento en el que el lo-mismo simple es la abstracción, y por ende, la diferencia absoluta, pero ésta, en cuanto diferencia en sÃ, es diferente de sà misma y, por tanto, la seipseigualdad. Precisamente esto es lo que pasa con la idea de mismidad[179] de esencia divina y naturaleza, en general, y esencia humana, en particular; aquélla es naturaleza en la medida en que no sea esencia; ésta es divina conforme a su esencia;—pero es en el espÃritu donde ambos lados abstractos están puestos tal como son en verdad, a saber, como cancelados y asumidos: un poner que no puede ser expresado por medio del juicio, ni por la cópula de éste, el término es, que carece de espÃritu.—Asimismo, la naturaleza no es nada fuera de su esencia; pero, exactamente en la misma medida, esta nada misma es; es la abstracción absoluta, esto es, el puro pensar o ser-dentro-de-sÃ, y, junto con el momento de su contraposición a la unidad espiritual, es el mal. La única dificultad que tiene lugar en estos conceptos es el quedarse firmemente fijado en el es, y olvidar el pensar, donde los momentos tanto son como no son: sólo son el movimiento que es el espÃritu. Esta unidad espiritual, o la unidad en la que las diferencias son sólo como momentos, o como asumidas, es la que ha devenido para la conciencia representadora en aquella reconciliación, y siendo esta unidad la universalidad de la autoconciencia, ésta ha cesado de ser conciencia representadora; el movimiento ha retornado dentro de ella.