El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Hace unos días cumplí cuarenta y cinco años y me llamó mi mejor amigo Chiri para contarme, entre risas, que mi madre había dejado un comentario vergonzoso en mi blog, explicando con pelos y señales cómo había sufrido ella el día de mi nacimiento. En ese comentario mi madre me llama «lechón» y le cuenta a mis lectores intimidades que me ruborizan.
Chichita es así: no se puede quedar callada. Cada vez que hay una mínima posibilidad de hablar sobre mí, lo hace encantada. Y si puede contar algo íntimo, que sirva después para la burla ajena, lo hace con más ganas. La única diferencia es que hace treinta y cinco años me avergonzaba de un modo analógico y frente a cinco o seis amiguitos de mi pueblo, mientras que ahora aprendió a hacerlo frente a miles de lectores.
No me dijo «feliz cumpleaños» en Facebook, como haría una madre normal. Entró a mi blog y contó que aquel 16 de marzo de 1971 era lunes, y siguió con toda su verborragia.
«Ese lunes me internaron y decidieron hacerme cesárea —dice Chichita en un fragmento de su larguísimo comentario—. Extasiada por todo lo que pasé, solo quería dormir. Pero el doctor me dijo: “No, el hijo debe estar con la mamá”. Y entonces me pusieron al lechón arriba del pecho».