El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida —¡Al lechón, dijo! —se reÃa mi amigo Chiri, con la misma risa que usó siempre para burlarse de mÃ.
—¿Vos conocés a otro escritor que tenga una madre que lo avergüence frente a sus lectores? —le pregunté— ¡Tengo cuarenta y cinco años!
—Es una genia, Chichita —me decÃa Chiri, que siempre la defendió.
—No señor. Una genia es tu madre, que solamente nos traÃa el termo con el mate y se volvÃa a la cocina sin hacerte pasar vergüenza.
Muy pronto, en la infancia, todos nos damos cuenta si nuestra madre es de las que se mantienen al margen o de las que llaman la atención. Yo siempre envidié a Chiri por la madre que le tocó. Cuando yo invitaba amiguitos a mi casa, Chichita no se limitaba a traer los vasos de Nesquik y desaparecer.
—Hernán —decÃa, por ejemplo—, ¿ya le leÃste a tus amigos la poesÃa de amor que escribiste el otro dÃa y que escondiste en un cajón?
El problema principal es que Chichita creyó, desde mi más tierna infancia, que yo era una especie de niño prodigio. Siempre tuvo ganas de tener un hijo despierto, y se lo fue creyendo a base de fantasÃas, de robarme anotaciones de mis cuadernos y de magnificar mis intentos de ser poeta.