El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Ahora, en mis largos momentos de petit alzheimer me despierto de la siesta y consigo una especie de perfección. No recuerdo nada, no tengo pasado ni futuro. Nunca sé exactamente en qué año estoy, ni si acabo de despertar en mi casa de Buenos Aires o en la de Barcelona, ni si estoy en la época en que era flaco o en la época en que era gordo, ni si tengo dinero en el pantalón que hay a los pies de la cama, ni si ya nació mi hija o ya empecé a enojarme con sus novios, ni si conseguí publicar mi primer libro o me dedico a otra cosa, ni si la mujer que amo ya apareció en mi vida, ni si hay examen de historia y anoche no estudié, ni si tengo deudas peligrosas o si estoy llegando tarde a un viaje, ni si me queda la última raya en el papel o si eso ya no me importa, ni si hay una excursión escolar y debo saltar de la cama feliz, ni si mi padre ya se murió o sigue jugando al tenis, ni si me acordé de ponerle pasto y agua a los camellos, ni si el doctor ya me avisó que tengo cáncer terminal o todavía puedo fumarme el último cigarro tranquilo.
Cuando me despierto de la siesta no sé si ya estoy muerto y puedo seguir durmiendo, o si acabo de nacer y debo recitar sin culpa los versos de Pessoa.
Porque esto empieza y termina con unos versos; no hablo de este relato en particular, sino de la vida entera. Siempre que salgo victorioso del petit alzheimer murmuro un mantra portugués para despedir la siesta: