El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Estoy en un simposio de gente muy culta, en México. Me invitaron a disertar sobre el futuro del libro. En la sala hay personas muy destacadas y me sientan en segunda fila. Como mi conferencia es mañana me dispongo a escuchar al señor que habla, pero enseguida me distraigo. En el siglo veinte yo podía concentrarme sin problemas. Podía leer o escribir durante horas, y también podía ir a conferencias largas y prestar atención; pero ya no.
Me pasó algo paulatino, en principio sin importancia, de lo que no me di cuenta; como cuando ponemos una rana en una olla con agua tibia y encendemos la hornalla. La rana no se da cuenta de que empieza a calentarse el agua, no se escapa de la olla, y cuando por fin entiende el peligro del hervor ya es demasiado tarde: los nervios no le responden y no consigue saltar.
Me pasó algo así.
Ya no puedo concentrarme media hora sin mirar las noticias urgentes, sin ver la repetición de un gol, sin pasar un rato por Twitter. Mi cabeza empieza a divagar y me evaporo.