El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Ahora van quince minutos de conferencia. Miro los papeles que le quedan por leer al señor y trato de sacar la cuenta de cuántos son, respecto a los que ya leyó. «¿Serán doce, serán quince? Parecen veinte. ¿Lo habrá impreso por lo menos en Helvética 16? Dios quiera que haya usado interlineado doble». A los veinte minutos pasa algo singular: todos los oyentes sacamos el teléfono del bolsillo y lo activamos con cualquier excusa. En general fingimos que vamos a tuitear algo que está diciendo el conferencista, pero lo que queremos en realidad es tener la pantalla prendida. Nos relaja saber que estamos conectados a otra cosa: a mirar el mail de reojo, a saber qué hora es en nuestro país de origen, a ver qué están diciendo en las redes los que tienen la suerte de no estar en un simposio en México.
Mientras tanto la conferencia sigue su curso y, para mayor desgracia, es bastante inteligente lo que dice el señor. Estoy a punto de reincorporarme a la trama pero me palpita el teléfono en la mano con nuevos datos vacíos (la formación del Barça contra el Rayo Vallecano, datos urgentes), y entonces entiendo que la charla completa va a estar colgada en Internet dentro de unos días, que la podré disfrutar mejor la semana que viene, y me pongo a pensar en otra cosa, sin culpa.