El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Me pongo a pensar que al día siguiente yo voy a tener que estar sentado en la misma silla que el pobre conferencista, y que tendré que dar mis impresiones sobre el futuro del libro durante una hora, y escuchar las toses y los carraspeos de los oyentes durante el minuto quince, y la aparición de los teléfonos desde el minuto veinte. O tal vez (pienso) mañana pueda dejar de hacerme el distraído y confesar por fin, frente a la audiencia, que no me importa en absoluto el futuro del libro. Ni el de papel, ni el electrónico, ni la convivencia entre ambos, ni la muerte de uno de los dos, ni si la gente lee más o lee menos que hace treinta años, ni cómo harán los autores y los periodistas y los editores para mantener su nivel de vida, su casa y su coche, cuando todo el mundo consiga sus contenidos gratis en Internet y la industria se vaya a la mierda. No me importa.
En este momento lo que me preocupa, terriblemente, es que no nos podemos concentrar. Me preocupa lo que nos cuesta leer. Lo que nos cuesta escribir. Lo que nos cuesta escuchar al otro.