El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida En esta sala, en este simposio, somos todos muy inteligentes y muy despiertos. No somos gente que no lee. Somos una élite de señores y de señoras preocupadísimos por el futuro de la letra impresa. En la sala hay editores, bibliotecarios, escritores, humanistas, libreros, periodistas, es decir: estamos los que vinimos al mundo para reflexionar sobre qué tenemos que hacer para que «los otros» lean. Los otros. Nosotros supuestamente estamos muy bien. Los que participamos de seminarios y de simposios no tenemos problemas con ese asunto… ¿O sí? ¿Leemos igual que antes, con la misma concentración?
Y ahí está el tema: yo creo que no.
Cuando nos quedamos solos en los hoteles, en este simposio o en cualquier otro, la mayoría de nosotros, los ilustrados, no nos podemos concentrar en nada que no nos estimule con velocidad. Y no son libros, ni de papel ni digitales. ¿Qué hacemos entonces en los ratos libres? No sé ellos, pero a mí me daría vergüenza si se hiciera público mi historial de navegación de ayer por la noche en el hotel.