El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida El señor sigue leyendo. Le faltan casi diez páginas y estamos todos aburridos y tristes en nuestras butacas de pana. Entonces, de repente, pienso algo horrible. Pienso en un mundo paralelo en donde todos nos fuimos convirtiendo en bulímicos y en anoréxicos, pero no somos capaces de confesarlo. Para disimular, nos reunimos en simposios a debatir sobre si es mejor cocinar en horno tradicional o en modernísimos microondas. Y estamos todos piel y huesos, ojerosos, con trastornos alimentarios, pero decimos en voz alta que «si bien el microondas es el futuro, el horno a leña nunca va a morir del todo». Y nadie es ese mundo paralelo, nadie, se pregunta nunca cómo hacer para volver a disfrutar un bocado por placer, cómo hacer para que nuestros hijos no vomiten a escondidas en los baños, cómo hacer para que otra vez nos guste masticar con la boca abierta sin que nos importe dónde se cocina ese manjar.