El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida De hecho, lo que más odio de lo que me pasó fue perder ese invicto. Llevaba cuarenta años sin entrar a una consulta médica (la última vez fue para que me quitaran las amígdalas, yo tenía cuatro años). Mi cuerpo no conocía los diagnósticos ni los chequeos. Después del infarto, cuando lograron reanimarme, me preguntaron si yo era hipertenso, quisieron saber si era diabético, me consultaron sobre mi colesterol. Y a todo yo respondí lo mismo: «No tengo la menor idea porque nunca fui al doctor». Y se los decía con orgullo, en sus propias batas blancas.