El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Hasta la semana pasada, ir al médico era para mí una superstición. ¿Para qué sacar turno, si era obvio que me iban a encontrar todos los males del mundo? Ir al médico era lo mismo que comprar todos los números de la lotería del cáncer. Iba a entrar inmortal a la salita de espera, y después iba a salir con la certeza de la muerte en la espalda. ¿Para qué hacerse mala sangre? Preferí siempre que la muerte me llegara de imprevisto. Lo único que hacen los médicos es ponerte la segunda fecha en la Wikipedia. Pero entonces pasó lo del mes pasado, en Montevideo. Primero me comí un chivito con mucha grasa en las ramblas, regado con cerveza Pilsen, y de sobremesa me pedí un café con crema y me fumé un porro, porque en Uruguay está permitido el porro. Fue mi último almuerzo feliz, aunque yo no lo sabía. Comí, fumé y bebí con alegría y una hora más tarde me empecé a morir.
Pero hoy no voy a contar esa anécdota (la dejo para la semana que viene, porque es muy divertida: hay patrulleros, hay sirenas…). Hoy solamente diré que cuando los doctores uruguayos me salvaron, cuando nací de nuevo en Montevideo, lo primero que supe es que no podría volver a comer chivito, ni a meterme a la boca cosas con sal, ni podría volver a aspirar las virtudes del tabaco mientras escribo.