El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Ahora camino una hora todas las mañanas por el parque Saavedra, veloz y con bronca, porque es horrible caminar rápido sin que se te escape el micro o sin que te persiga un perro. Caminar sin un porqué es vergonzoso, pero desde el infarto tengo que hacer un montón de cosas sin sentido, sin sal o sin gracia.
Para peor, Chichita piensa que vuelvo a tener doce años. Me manda Whatsapps y me dice que me alimente bien, que no fume, que camine todos los días moviendo los bracitos. Yo le digo que sí, que lo hago, pero ella duda de mi palabra.
La semana pasada le dije: «Mamá, ¿me querés acompañar al parque, así ves cómo camino?». Chichita me dijo que bueno, sin sospechar que mi invitación tenía segundas intenciones.