El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Por eso mi padre buscaba, en vano, la adrenalina en las tribunas del Camp Nou. Miraba el civismo reinante con sospecha, como si el deporte que estaba a punto de ver no fuera fútbol, sino otro más patético: natación sincronizada o danza rítmica. «¿Y los papelitos, Hernán?», preguntó cuando salieron los equipos a la cancha. Yo le dije que no había papelitos en los estadios españoles, porque estaba prohibido hacer basura. Y él miraba al cielo. «¿Y los cantitos chanchos, Hernán?». Le dije que tampoco había rimas ni palabrotas. Y él volvía a mirar el cielo.
A la mitad del primer tiempo le pregunté por qué miraba tanto al cielo, y me dijo: «Es todo muy aburrido, Hernán: los de la platea alta ni siquiera te mean».
En ese momento yo era bastante nuevo en España, y todavía no entendía la incomodidad de lo perfecto. Me dio la impresión de que mi padre exageraba su fastidio, pero con el tiempo me empezó a pasar algo parecido por la calle.