El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Durante los siguientes diez años, al caminar por las ramblas, o por el paseo Sant Joan, no pude sentirme cómodo. En Barcelona no hay baches que saltar, ni bocinazos en las esquinas, ni manifestaciones espontáneas, ni colectiveros que te mandan a la recalcada concha de tu madre. Es un mundo paralelo bastante mejor que mi mundo de origen, pero muy poco mío. Y para peor tengo una corazonada narcisista cuando voy por la calle: creo que mi sola presencia de gordo zaparrastroso, afea un poco esa perfección.
Cuando vuelvo de visita a Buenos Aires me encuentro con todos los baches del mundo, y me topo con los piquetes y recibo con alivio los bocinazos y las recalcadas conchas, pero tampoco logro sentirme en casa. Son mis calles, están mis amigos y mi familia, mis insultos más queridos, pero en el bolsillo siempre tengo un pasaje de avión que me dice: «Volverás en unos días a España; soy yo, tu billete de regreso, te estoy hablando a ti, gordo sudaca».
Sin embargo, esta vez pasó algo con mi pasaje de Iberia. La fecha de regreso era para mediados de diciembre y un poco antes tuve un infarto; entonces el médico no me dejó viajar. Tuve que quedarme en Buenos Aires y perdí el vuelo. Todavía sigo acá, en mi ciudad de origen.