El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Yo le respondí pelotuda y arrastrada, creyendo que ya habíamos empezado el juego, pero lo que ella me quería decir era otra cosa.
Al no encontrar cómo decírselo, empezamos a evaluar el cuándo. Yo quería que fuese rápido, no por ansiedad sino por miedo. Hay escenas de la vida que me dan pánico, y entonces tengo la necesidad de que ocurran pronto, de que no se eternicen.
Cuando un desconocido camina a mis espaldas por la noche, por ejemplo, yo pienso que es un delincuente peligroso. Siempre. Entonces me doy vuelta y ofrezco mi billetera antes de mediar palabra. En general es un turista que me mira con sorpresa, pero por lo menos se me pasa el susto. Decirle a tu hija que ya no vivirás con ella tiene la misma tensión que un robo callejero, pero en este caso uno se siente mucho más el ladrón que la víctima.
Nos habíamos separado en octubre y pasamos noviembre buscando el momento en vano. Yo quería darle a mi hija la noticia a mediados de diciembre, porque con nieve las escenas dramáticas son mejores.
—No, esperemos un poco, el quince de diciembre es su santo —me decía la madre.
Negocié decírselo una semana más tarde.
—¿En Nochebuena? —me decía Cristina—. Va a relacionar siempre la Navidad con algo triste.
—¿Y una semana después?