El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Cuando Cristina y yo nos separamos, después de quince años de convivencia, nos pusimos orgullosos por haber tomado una decisión tan importante sin gritos, como gente educada. Pero enseguida nos topamos con un problema: no sabíamos cómo darle la noticia a nuestra hija de once años. El gran problema de separarse sin platos rotos es que ni los hijos ni los vecinos ni los parientes se enteran de nada antes de tiempo. Al amor se lo come una abertura en el suelo, pero nadie percibe el terremoto.
Además, los chicos odian las novedades y los cambios en las tramas. O por lo menos eso es lo que más detesta Nina, que es nuestra hija única y parece siempre encantada con la rutina de las tardes.
En casa, toda la construcción familiar siempre dependió un poco de ella y, en los últimos meses, se había convertido en el único vértice equilátero de un triángulo cada vez más escaleno.
¿Cómo contarle lo que estaba pasando, entonces, sin romperle el corazón?
Una noche, mientras ella dormía, le propuse a Cristina ir hasta el comedor y romper unos jarrones y decirnos insultos graves en voz alta, para que la criatura se despertara con sobresalto y empezara, de a poco, a sospechar que la cosa andaba mal. Cristina me miró muy seria y me dijo:
—Hernán, no puedes ser tan gilipollas.