El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida La frase retumbó en la habitación y me dio una tristeza enorme decirla en voz alta. Nunca la había practicado en el espejo, y me di cuenta de que tendría que haberla ensayado, porque se me llenaron los ojos de lágrimas. Me acordé de una frase que había leído en un libro de Rafael Sánchez: «Los niños hacen mundos: no hay que pasar al lado de ellos. Quien distrae a un niño mata a un mundo. Tal vez en este momento alguien está pasando al lado del niño que nos inventa».
¿Quién era yo, entonces, para decirle a mi hija esas palabras, para dar semejante noticia? Sin embargo Nina no tardó ni dos segundos en hablar. Lo hizo automáticamente, pisando mi última sílaba.
—Sí, ya lo sabía —dijo.
Cristina y yo nos quedamos inmóviles. Cuando pudimos reaccionar le preguntamos si estaba triste y nos dijo que sí, pero que prefería que fuéramos amigos. A mí me dio un poco de bronca que una chica de once años no hiciera escándalos ni pataleara; me había preparado durante dos meses para enfrentarme a sus lágrimas.
—¿No querés llorar un ratito? —le propuse—. Es un momento importante de nuestras vidas, Nina, alguien tendría que llorar.
Me miró, primero seria y después suspicaz. Le dio risa el pedido. Entonces nos reímos los tres un poco. Después Nina tomó un poco de jugo y Cristina le preguntó desde cuándo sabía que estábamos separados.