El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Y yo le respondí que no. Le dije que el infarto no me había dado miedo, sino que me había confirmado un grandísimo error de cálculo. Y entonces le confesé algo espantoso que nunca me había animado a decir en voz alta. Le dije que hasta diciembre del año pasado (es decir, hasta hace cinco meses) yo estaba seguro de que me iba a morir este año 2016. Lo había asumido con cierta resignación y no creía que se pudiera hacer nada. De hecho, no me hacía chequeos médicos porque la única novedad de los resultados era saber dónde estaba mi cáncer, en qué parte del cuerpo.
Yo estaba seguro de tener un cáncer que me crecía, agazapado, en el cuerpo. Y no quería saber dónde. No quería saber nada, para no pasar mis últimos meses sintiendo la compasión de todos en la nuca.
Entonces me inventé un sistema buenísimo: comer huevos con panceta todos los días y fumar el doble que de costumbre. Lo que quería era morirme de un infarto sin padecer agonías, como le corresponde a un gordo sedentario y fumador de cuarenta y cinco años.
Se podría pensar que esto lo estoy diciendo ahora con mi típica exageración literaria, y con el diario del lunes en la mano, pero por suerte tengo un blog donde suelo escribir las boludeces que pienso. Y en un cuento del 1 de julio de 2014 (un año y medio antes de mi infarto) lo contaba así: