El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida «(…) lo estoy pensando en serio: soy gordo, fumo como un chancho, me angustia el fútbol y, para peor, estoy justo en los “cuarenta y pico”, la edad en que suelen morirse todos los gordos que fuman y se angustian».
Yo estaba seguro, muy seguro, de que no iba a pasar de los cuarenta y cinco años. Y ojo, no lo pensaba desde el año pasado. Empecé a saberlo cuando cumplí cuarenta. Fueron cinco años enteros de resignación silenciosa. De comer y de fumar como si fuera la última cena de mi vida.
En el asado de este domingo, mientras comía ensaladas y carne magra sin sal, le explicaba a Horacio justamente esto. Que el infarto que tuve en diciembre en Uruguay no me dio miedo, ¡porque lo esperaba! De hecho lo esperaba ansioso. Lo prefería al cáncer que sospechaba que ya tenía adentro.
Siempre es mejor morirse de repente y sin enterarte de nada (como le pasó a mi papá), que morirte de a poquito, mirándole la cara de tristeza a todos los que te quieren, tosiendo sangre en una escupidera o leyendo novelas largas durante las sesiones de quimio. Pero entonces, justo cuando me tenía que morir como decía el guión, pasaron dos cosas raras que no estaban en mis planes.