El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida —No te estaba pidiendo consejo, la carta es de hace unos meses… Andrea y yo estamos juntos.
Después comimos. Me costó un poco disimular el asco, pero cuando tomé impulso le hice a Salas un montón de preguntas. No fueron preguntas morbosas, al contrario; casi todas tenían que ver con la incertidumbre: ¿Se había vuelto loco? ¿No sabía que podía ir preso? ¿Sabía algo Estela de todo esto? ¿Y los padres de la chica?
Me respondió cada pregunta con la serenidad de sus poemas. Me habló del mandato social arraigado, de la piel tersa de la juventud, de los tabúes de occidente, de la sensación que produce besar con chicle. Un delirio… ¡Un delirio! Mezclaba argumentos teóricos con la excitación cursi de los novios flamantes. Le brillaban los ojos de la misma manera cuando decía albedrío que cuando decía orgasmo. Era él, el mismo de siempre, pero novedoso y enérgico. En un momento hizo un gesto con la mano extendida y vi un tatuaje escondido en su muñeca: una luna minúscula en cuarto menguante. ¿Salas, con un tatuaje? Yo no lo podía creer.