El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Seis meses después conocí a Andrea en Bilbao. Salas me invitó a un restorán pero ellos no llegaron juntos. Primero apareció él, y al rato ella. Se cuidaban de la exposición pública y habían armado un sistema de códigos para encontrarse en cines, en restaurantes, en hoteles. Cuando los tuve cerca a los dos no me pareció necesario tanto sigilo: parecían un abuelo y la nieta; nadie podía sospechar.
Ella había cumplido quince años y, la verdad, no me sentí deslumbrado. Era hermosa y serena, sí, pero a la vez tenía la edad que tendría mi hija en poco tiempo. Pero cuando empezó a hablar me inquieté: se convirtió de repente en una mujer sagaz, fluida, demoledora. En reposo parecía una nena de mirada lánguida, pero en acción no. La sensualidad le brotaba cada vez que conectaba ideas, cada vez que refutaba las teorías de Salas o las mías con desparpajo y, sobre todo, cuando mostraba argumentos mejores que los nuestros. Su seguridad intelectual le confería una madurez peligrosa, porque contagiaba de madurez a su cuerpo. Y yo terminaba, por costumbre ancestral, enfocando el escote de una menor de edad.