El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida Salas me miraba de reojo y disfrutaba mi turbación. Me hizo un par de veces un gesto muy argentino (o muy italiano): el de levantar las cejas y entrecerrar los ojos. Como si me dijera «¿Viste, salame?». Claro: él me había dicho mil veces que Andrea generaba esa perplejidad. Pero verla en acción me resultó doloroso. Me resultó denigrante. Confuso. Entonces me fui del restorán antes del postre.
Ellos siguieron viaje a Grecia y después volvieron a la Argentina en dos vuelos diferentes. Yo ya estaba en mi casa de Barcelona, preparando el siguiente viaje, cuando leí en la prensa que habían detenido a Salas por estupro agravado y abuso sexual. La opinión pública de Buenos Aires convirtió enseguida al poeta en un engendro del diablo y a Andrea Lima en una víctima, pero solamente hasta que la chica dio su primera conferencia de prensa.
Fue una semana después de la detención. Ella se recogió el pelo y se puso anteojos. Él estaba a su derecha (parecía muy cansado). Ella miró el micrófono y leyó dos hojas de papel. El párrafo final fue el más enérgico.
Dijo:
«La misma institución que me otorgó hace dos años la potestad de impartir Justicia, hoy me cree incapaz de tomar decisiones con mi cuerpo».
Los fotógrafos la acribillaban.