El mejor infarto de mi vida
El mejor infarto de mi vida No. La colección nocturna es nuestra única gran coincidencia, sin que importe el tiempo ni la geografía. Somos diferentes en todo menos en eso. Por ejemplo, no se parecen en casi nada un musulmán y un boliviano. Ni tampoco un herrero medieval se parece en nada a un hipster holandés. Ni el propietario del último piso del edificio más alto de Dubai se parece en nada al adolescente que agoniza en un hospital público de Managua, por culpa de una enfermedad que tiene cura. Nos parecemos únicamente en algo.
—Según mi abuela, en que los mismos gusanos nos comerán a todos.
Es verdad. Y en algo más. En que cada noche, antes de quedarnos dormidos, coleccionamos nuestras minucias con ambición y ansiedad (billetes, miedos, vanidades; es lo mismo). Y creemos que todavía no pudimos completar la colección. Y confiamos en que al otro día, con suerte, quizá podamos conseguir un poco más, y después otro poco, para estar más cerca de la felicidad ilusoria que supone coleccionar ridiculeces que no valen nada, pero que sin embargo deseamos tanto conseguir.
—Y tú, argentino, dime: ¿Qué coleccionas por las noches?
Antes de irme a acostar, y a veces incluso ya dormido, colecciono diálogos: conversaciones falsas con un lector que casi nunca me entiende.
—¿Y te alcanza con eso para ser feliz?